La contribución de Moratalla en la construcción del imafronte de la Catedral de Murcia

Si hubiera que repartir el espléndido imafronte de la Catedral de Murcia entre aquellos municipios y lugares que aportaron materiales para su construcción, a la capital de la Región apenas le quedaría un montón de escombros. Los mismos que componían la anterior portada y que, por su pésima calidad, obligaron a derruirla y a utilizarlos como relleno y cimientos.

La cimentación de esta obra singular del barroco europeo, proyectada por Jaime Bort, comenzó en julio de 1736, aunque ya se había hecho acopio de materiales desde unos meses antes. Para el día 4 de abril de aquel año estaba toda la madera cortada en la sierra de Moratalla, después de que se intentara en vano extraer de Caravaca debido a su peor calidad.

Carretas embargadas
 
Tal cantidad de maderos aguardaban su traslado a murcia -los investigadores lo cifran en más de 2.000 piezas- que el corregidor de murcia, juan francisco luján, ordenó que se embargaran todas las carretas de la ciudad para que condujeran «dicha madera sin dilación alguna».
Entre tanta algarabía, un falso carretero se hizo pasar por otro para hacerse con una de aquellas contratas. De él nunca más se supo.
A José Navarro, encargado de gestionar la tala de árboles, no le tembló el pulso en regatear precios ni flaqueó con el hacha. Y a punto estuvo de ser encarcelado cuando el alcalde de Moratalla, Diego Fernández, descubrió que más de mil pinos habían sido cortados. La sierra quedó devastada.

Perder el doblón 
 
En una carta enviada al Cabildo el 5 de junio el edil lamentaba que la villa había sido «perjudicada y ofendida por Navarro, y los montes llorando de su exceso [&hellip] En fin, por ahorrarnos el real solemos perder el doblón y ganar las pesadumbres». De esta carta da cuenta el investigador Elías Hernández Albaladejo en su tesis doctoral 'La fachada de la Catedral de Murcia', texto indispensable para conocer en profundidad la trascendencia de tan excelsa obra.

Aquellos pilares de madera, de unos cuatro metros de longitud, fueron clavados en la tierra para asentar sobre ellos los cimientos de la fachada: otros cuatro metros de piedra. De esta forma, gracias a la dirección del ingeniero Sebastián Feringán, se evitaba que la nueva obra corriera la suerte de la anterior, que hubo de ser derribada por su inestabilidad. Por esta razón, Bort no permitió que ni una sola piedra de las canteras del río fuera colocada en su imafronte.

A los pinos de Moratalla pronto se sumaron las piedras de diversas localidades murcianas. Para los basamentos de piedra negra que sostienen el imafronte se cortaron los sillares en la cantera del Cuello de la Tinaja. Entretanto, las grandes columnas del centro de la fachada fueron extraídas de la Sierra de Tiñosa, en Los Garres. Cuentan las crónicas que tanto pesaban que fue necesario reconstruir un puente sobre la acequia Meana «que se arruinó de pasar por él las dos columnas que se trajeron de Tiñosa», según las actas del Archivo de la Catedral.

Desde Sangonera 
 
Casi todas las columnas menores del primer cuerpo se tallaron en Ulea. Otros lugares que aportaron material fueron las canteras de Caravaca y Abanilla, aunque también llegaron desde Cox y Bonanza (Alicante), Macael (Almería) y Génova, para el enlosado del suelo y la capilla del trascoro. Junto a ellas, la cantera de Mayayo, en Sangonera la Verde, proveía a la obra de sillares de piedra blanca.
Elías Hernández apunta que la piedra procedente de Mayayo «alcanzó la mitad exacta de todos los gastos ocasionados por la extracción de materiales para el imafronte». Hasta el extremo de que algún coetáneo de Jaime Bort llegó a insinuar que tenía intereses personales en elevar los gastos de la piedra que provenía de Sangonera. En gran medida, los sillares se utilizaron para superficies lisas, aunque también en arquitrabes, cornisas, capiteles y algunas esculturas.

Desde el inicio de las obras hasta que Bort fue llamado a la Corte en 1748, el gran arquitecto supervisó en persona tanto los materiales empleados como la elección de los trabajadores. Canteros, escultores, tallistas y peones se concentraban en un solar próximo a la Catedral que los Vélez habían ofrecido como taller.

El Cabildo se impacienta 
 
La meticulosidad de Bort retrasaba la buena marcha de las obras o, al menos, eso pensaba el Cabildo, cuyos integrantes lamentaban tanto los aplazamientos como el incremento del coste de las obras. Entre unas cosas y otras, incluso fue necesario reducir a dos cuerpos el proyecto, aunque al principio fuera proyectado con tres.

Concluidas las obras de la portada, solo restaba elegir las tres puertas monumentales que la adornarían. Debían ser de nogal, recubiertas de placas de latón y bronce que garantizaran su permanencia a través de los siglos. Después de diversas gestiones se cerró un acuerdo para obtener la madera de Biar, una localidad ubicada a unos 10 kilómetros de Villena (Alicante). Corría el año 1751.
Tres años después, la imagen de la Purísima del trascoro -la primera que se ve al frente, al entrar al templo- ocupaba su lugar. Esta talla, datada en 1627, es una de las primeras que en España representaron el dogma de la Inmaculada. Su retorno a la capilla evidenció que el imafronte, por fin, había sido terminado.

Fuente: laverdad.es

TODA LA AGENDA DE EVENTOS DEL NOROESTE DE MURCIA EN LA APP PARA MÓVIL DE TURISMO RURAL MURCIA.es

TODA LA AGENDA DE EVENTOS DEL NOROESTE DE MURCIA EN LA APP PARA MÓVIL DE TURISMO RURAL MURCIA.es
DESCÁRGALA GRATIS DESDE GOOGLE PLAY STORE Y NO TE PIERDAS NADA