El Noroeste, a sus pies

Las cuevas del cerro de Bajil ofrecen vistas alucinantes de los valles y cumbres nevadas.

30.12.10. PEPA GARCÍA FOTOS: GUILLERMOCARRIÓN pegarcia@laverdad.es | MORATALLA. LA VERDAD.ES

Las tierras del Noroeste son tierras de contrastes: fértiles valles surcados por ríos y riachuelos, escarpadas y puntiagudas montañas, bosques frondosos y espacios semidesérticos. En ellas, las estaciones del año cobran un significado especial, pues sus paisajes mutan al tiempo que se suceden, inexorablemente, otoño, invierno, primavera y verano. Por eso les propongo hoy una visita a las tierras altas de Moratalla, para disfrutar de este recién estrenado invierno y de las nieves que siembran de blanco los caballones de estos campos arados de la Región.
Un inmenso arco iris nos recibe al pie del cerro de Bajil en uno de los días más fríos que ha deparado lo que llevamos de invierno; luego, le seguirá la lluvia; y de nuevo el sol y el arco iris darán paso a una gran nevada.
El día es un lujo, pero la compañía más. Acudimos a visitar las cuevas del cerro de Bajil y lo hacemos aparcando los coches en Zaén de Arriba y con guías de excepción: acompañamos en su excursión a veteranos montañeros, amantes de la naturaleza y conocedores de la Región como los andarines Ángel Ortiz y Luis Miguel Navarro, el reputado fotógrafo murciano José Hernández Pina, los profesores (ya jubilados) José Luis Romero y Diego Noguera (que vive en El Sabinar desde hace 22 años y recuerda que el año pasado no hubo semana en que no nevara) y el instructor de vuelo Manuel Balibrea.
El recorrido empieza junto al bar de Zaén, por una calle que asciende en dirección al cerro de Bajil, desde donde se ven ya las impresionantes cuevas. Los dos perros del pueblo, extrañados por la presencia de tanto forastero y con ganas de tomar el fresco, nos acompañan desde el primer instante.
La ruta va bordeando el cerro hasta el punto en el que la ascensión hasta las cuevas se hace posible. Antes, desde abajo, conviene mirar hacia lo alto y admirar las hermosas cúpulas que la naturaleza ha horadado en la roca. Unas bóvedas impresionantes que parecen esculpidas con primor por la mano del hombre, pero que son testigos milenarios de la transformación de la tierra.
Mientras se asciende por el terreno inclinado de areniscas, en el suelo se observan multitud de fósiles marinos (fruto de choques y movimientos de las placas tectónicas), así como restos cerámicos quién sabe de qué época.
Estas cuevas, que sirven de refugio hoy y desde tiempos pretéritos al ganado y quienes lo pastorean, ofrecen una terraza natural de areniscas por la que se puede transitar y en la que es obligado parar para admirar en toda su dimensión el paisaje que se abre al frente: las peladas y estilizadas choperas de los campos de San Juan, situados sobre la manta de 'patchwork' que forman sus terrenos arados y cultivados, y las sabinas, los enebros y las plantas aromáticas que pueblan estas tierras; las nevadas cumbres cercanas, como El Lanchar (1.434 m.), Villafuerte (1.743 m.) o San Juan (1.698 m), o el Puntal de Carreño (1.594 m.) y Pajarón (1.596 m.), que se asoman al valle; un par de buitres que revolotean desde los contrafuertes del cerro de Bajil sobre los campos cercanos; y una liebre orejuda que sale de espantada ante la amenaza de Tejo, el pastor alemán de Diego que, juguetón, no deja de corretear.
La repisa sobre la que caminamos, pegada a las cuevas de Bajil, da la vuelta al cerro y facilita un agradable paseo que no entraña dificultad. Después, no hay más que descender por un camino de tierra que les conduce directamente a Bajil, donde Antonio, habitante de esta diminuta aldea, nos saluda amablemente y entabla conversación.
Luego, volvemos por la llanura, campo a través, aprovechando los linderos de las tierras de cultivo para no clavarnos en las remojadas tierras y hasta llegar a la carretera que une Zaén de Arriba con Benizar, donde seguimos su curso de vuelta al pueblo de Zaén. Al llegar, uno de los vecinos nos espera y pregunta por los perros, ha notado que faltaban y se ha imaginado que se han ido de paseo, pero hasta que no los ve no se queda tranquilo.
Una repentina nevada nos sorprende (el invierno ha entrado de lleno), lo cubre todo de un helado manto blanco y nos obliga a cobijarnos al calor del fuego del bar de Zaén hasta que amaine.

Para nuestra sorpresa, tras un caliente y nutritivo plato de lentejas para reponer fuerzas, el sol aparece con fuerza y derrite gran parte de la reciente nevada. Cae la tarde en el Noroeste.



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